| Desagravio de Pablo Lucio Bordenave (sr) Restitución de un alto nombre al sitial que por indisimulables méritos le corresponde. Carta de desagravio publicada por P.L.Bordenave (Senior) con motivo de la afluencia de prosa difamatoria a su apartado postal. Nunca un Bordenave ha sustraído el pecho a los embates de la tesonera maledicencia y la borreguna opinión general. Es a causa del aluvión denigratorio de cartas que pretende cebarse con equívoco doble diría, si no implicara mancillar el nombre de mi difunta esposa- sobre mi sangre, que me resigno a incurrir en el ámbito inhóspito y bajuno del rock, para limpiar ofensas que antes bien debiera responder el Sr. P.L. Bordenave (HIJO), destinatario presunto del correo que hoy da horror a mi casilla. Saldado este primer equívoco, que no quita el deber de defender el alto nombre de los Bordenave que si alguno halla en su brillo reparo de la opacidad propia, otros antaño han sabido darle lustre para que refulgente- hiriera las miradas-, paso a los hechos, pues no olvido que mi pluma escribe ora para un público de rock, y detestaría hallar que el chimango censure la liberalidad de mi pólvora. En nota publicada en esta página, el ya mencionado SR. (HIJO) expele con una alarmante liviandad -que no registra antecedentes familiares por el lado paterno- una caracterización de las letras alusivas al consumo de estupefacientes. Según dicha caracterización esta práctica sería -y en esto nunca se deplorará suficientemente la flexibilidad de mi amigo Miroli- una enfermedad y/o un hábito de consumo. Del abarrotado acaso prodigioso- número de errores conceptuales que informan el pequeño opúsculo, reseñaré los más groseros: Es un error, ya denunciado por Estacio harto mucho antes que el SR. (HIJO) tomara la leche, hurgar en la lírica cancioneril una expresión de la moralidad del autor. Sacar de cualesquier contexto ficcional una frase, para hacer de ella una expresión del pensamiento del autor es una atrocidad. Así, las dudas sobre la moralidad del Sr. Fasola (a quien no conozco) parecen sencillamente una afrenta gratuita. El Sr. (HIJO) acaso por haber desatendido sabios consejos para dedicar sus -cierto que magras- potencias a un objeto que ni esas merece, olvida que la poesía trabaja una referencialidad de segundo grado, irrecuperable en lo real. ¡Subsume con descarado pragmatismo la función poética en la función referencial del lenguaje! Desde una concepción como la suya, cualesquiera canción es fútil, verbigracia, el verso machacón de los Flying Colours: "Elvis is dead". Como información, es vieja, no tiene ninguna relevancia, para no hablar del hecho innecesario y conventillero de repetirlo unas 40 veces. En algo no se equivoca este muchacho y es en que toda escritura tiene intención. En su prosa está la de aneantir una revulsividad que los temas que cita no declaran y acaso no esperan -por no estar siquiera cerca del horizonte de pensamiento del compositor- tener. En el Sr (HIJO) y sus amigotes es donde la pupila aquilina del crítico de fuste encuentra esos conatos de revulsividad, que harto más acomodados le estarían en la conciencia del desorden y hedor permanente que infectan su cuarto tan inmerecido como la comida caliente- al Sr. (hijo). El hecho de ingerir alguna cosa, "comer asado" por ejemplo, siempre puede ser descrito como una institución, correlativa a otras instituciones sociales (mercantiles, jurídicas, políticas, etc.) Ahora bien, la diferencia con las drogas es el carácter ilegal de estas sustancias de porquería. Aún desde el punto de vista utilitario de este muchacho, cantar a las drogas es más urgente que cantar al asado. Imaginad el sigte. bando, coma dos puntos: "Legalicen la morcilla" En fin: lo que no ve la mirada estetizante de este chico es la proclama descarada y peligrosa a favor de la legalización de la droga (esto es: del ingreso de sustancias que intentan corroer los cimientos de occidente en los hábitos de occidente) que suponen estas canciones. No se trata de una política de seducción dirigida a un público francamente lelo, ni de la mera ampliación del mercado de consumo sino, de las intenciones malhechoras de un grupo de facinerosos. Contra esto no nos va a servir, Sr Hijo, tachar de conformistas a aquellos que quieren envenenarnos sino una acción coordinada de doble llave constrictora entre dios y la patria alertados oportunamente por una demanda que los intelectuales no podemos dejar de promover Parecerá al distraido que me contradigo en alguna parte pero no es así. Si bien me contradigo, no me contradigo, porque seré Doctor en letras pero también mal que me pese- soy padre y argentino. Que quede claro entonces lector, no fui yo, Pablo Lucio Bordenave (a secas) quien se distrajo del deber de cuidar la patria. |
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