Hacia fines de los '80, en los fondos de una casa de pompas fúnebres, un joven desgreñado aprendía los rudimentos de la carpintería durante doce horas diarias. El trabajo era monótono porque se restringía a la fabricación de ataúdes. Los días, a veces, eran sólo un rectángulo de polvo brillante que avanzaba sobre la mesa de trabajo.
Su maestro había venido de la toscana conociendo el arte de fabricar violines, en una época en que los espectáculos prescindían de las orquestas de tango y la preferencia por ese instrumento disminuía. Don Vicente era resentido y avaro. Para aprovechar el tiempo de trabajo de su empleado, le enseñó algún rudimento del oficio de luthier.
Reservado, Roberto aceptaba ese trabajo extra sin mostrar cuánto más que el otro le gustaba. Le tocaba a él, sin embargo, la parte más burda del tallado. De a poco, fue aprendiendo más y encontrando placer en su tarea. Elisabeth, la joven hija del maestro, amenizaba a veces el trabajo, tocando antiguas canciones italianas en su violín. Cuando un instrumento había sido terminado, Don Vicente lo daba a su hija. Desde la ventana de su cuarto, en balcón al taller, Elizabeth los probaba. Si hallaba que el sonido era grato, tocaba una buena parte de su repertorio; si no, dejaba el instrumento y tocaba su violín.
Por lo general, la música transcurría en silencio; Roberto y Vicente, abajo, esperando la aprobación que llegaba con la balada preferida de Elizabeth Quadriglia In Festa; a veces, sin embargo, cuando ella más se ensimismaba y dejaba llevar por la trabajosa melodía, Don Vicente se permitía algún comentario, nunca respondido por su hija, casi siempre un proverbio que decía:

Chi troppo s'assottiglia, si scavezza.
La belleza muda de Elisabeth perturbaba un poco a Roe ("Roe, Roe" mandaba Don Vicente en cuanto veía que el formón de su empleado se movía sin convicción). Una semana de Abril de 1990, Don Vicente cayó en cama a causa de una gripe. Roe encontró entonces ocasión de terminar un trabajo secreto. Con el taller vacío pudo sacar el cuerpo de su guitarra, para compararlo con los planos que Don Vicente guardaba bajo en un arcón, junto a su mesa de trabajo. La hija, atareada en el cuidado de su padre, no aparecía en el taller.
Roberto empezó tímidamente, pero luego, llegó a descuidar su trabajo para terminar su obra. Era conciente de ello, por eso, cuando presintió a sus espaldas la mirada de Elizabeth, no intentó ninguna excusa. Solo giró para ver un leve movimiento de cierre en las cortinas del balcón.
Esa noche, no durmió. Tejió todas las posibilidades: se indignó, tuvo gestos de arrojo, renuncia y desprecio. El despertador las redujo a la decisión de trabajar o quedarse en cama. Fue a trabajar, aunque temblaba. Don Vicente no fue más hosco que otros días: saludó y le indicó un trabajo. Trabajó sin descanso. Las horas de actividad, la luz familiar y repetida en las cruces y manijas de metal lo tranquilizaron un poco. Se animó a tantear bajo su banco: la guitarra no estaba. Bajo el rectángulo polvoriento del tragaluz, Don Vicente colocaba una cruz plateada en un cajón de pino.
Estaba siendo cruel, pensó Roe. Volvió a sus especulaciones de duermevela y estuvo a punto de decirle algo. Nunca supo si se hubiera animado a hacerlo; lo detuvo una música. Sin necesidad de mirar, reconoció su guitarra. Elisabeth recorría su repertorio. Roe escuchaba en silencio con el corazón en un puño. Tentaba ella algunos acordes de Quadriglia In Festa cuando golpearon a la puerta del taller. Cesó la música y Vicente se adelantó a atender. Elisabeth ya no estaba en el balcón.
Al otro día la guitarra estaba bajo el banco del aprendiz.
El 25 de mayo de ese mismo año, Elisabeth cumplía quince años y, a pocas calles de la casa de pompas fúnebres, La Muda hacía su primera presentación. Hubo chocolate caliente para todos los concurrentes, se cantó y se bailó.
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