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Helado de Roc Una de las primeras acciones culturales del recientemente llegado "Régimen de Restauración de las Leyes y la Moralidad Pública" controlado por el Excelentísimo Presidente de la Nación Argentina, Dr. Don Fernando de La Rúa, fue la realización de una serie de eventos de esos que suelen denominarse "recitales", bajo el título general de "X Vivo", dónde "X" debe reemplazarse por el nombre de la ciudad o paraje en que el asunto se haya llevado a cabo. El roc, que ha aprendido por fin el arte de obtener subsidios, no podía perderse la fiesta. Así, contamos con diversas actuaciones de sujetos cuyo pelo largo, su forma de moverse sobre el escenario y la limitación armónica de sus composiciones claman por la inclusión en algo denominado "cultura roc". Fito Páez en Rosario, gastando en la seguridad del estadio el presupuesto anual en cultura de muchos municipios para darse el gusto de homenajear in situ al malogrado cómico Olmedo; Kapanga exponiendo su bailante aceptable para las clases medias en la Capital Federal, León Gieco conociendo la Antártida. Y es este el tema que nos ocupa hoy: el pobre Gieco cantando, con la sola compañía de su guitarra acústica, para diez y ocho (18) oficiales de las Fuerzas Armadas uniformados con el bigote reglamentario, aquellos versos que rezan: "Sólo le pido a Dios/que la guerra no me sea indiferente". La cara de incomodidad del pacífico León era un espectáculo en sí. Los primeros planos que regalaba de la soldadesca la televisión (natural destinataria del engendro) casi permitían escuchar los castrenses pensamientos. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante cosa? La idea original parece haber sido: "hagamos que los milicos escuchen a un cantor de protesta". No sería raro: el Roc parece ser el medio ideal para canalizar la rebeldía del joven piola, sobre todo cuando llega a un cargo ejecutivo de importancia. El asunto es: si vamos a hacer justicia, pongamos en la carcel a quien corresponda. Si no, no tratemos de hacernos los vivillos y dejemos a esos señores de bigote cagarse de frío en paz. |
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| El Dr. Bordenave (h) enfundado en su simpático gabán antártico | ||||
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