Vindicación de Bandana

Es por todos sabido que el acceso a las mieles del roc implica un camino dificultoso. Ya pasaron los tiempos en que podía uno emborracharse en un baño musitando entre orines "la balsa, la balsa" y convertirse así, por pura escasez de oferta, en mito popular. Hoy, cada adolescente que se muestre incapaz de someter su cuerpo a la disciplina de un entrenamiento como futbolista o tenista terminará organizando sus fantasías de fama y riqueza en el interior de uno de esos ruidosos organismos denominados "banda de roc". Como la competencia es mucha y los casilleros en el VIP de las discos limitados, la angustia corroe pronto al incipiente roquerito, que no tarda en notar que por más que se revuelva bajo un mingitorio no llegará jamás a editar su CD.

Los relatos de consagración roquer son en apariencia variados, pero esconden todos un punto oscuro en el momento culminante en que la persona o conjunto de personas en cuestión sale del desalentador amateurismo. Tal instante de opacidad es imprescindible para conservar la moneda más preciada del mercado del roc: la autenticidad. Cualquier tipo de negociación con una empresa que factura millones de dólares, organiza sucias jugadas financieras, fabrica productos con mano de obra infantil y es manejada por un sordo, pone al músico en la posición de negar su autonomía, su pureza, su libertad. Alguien, malintencionado, podría pensar que las canciones del roquer consagrado han sido alteradas en el trayecto que media entre su corazón bohemio y el estudio de grabación.

Por suerte, la industria, que la ve antes que nadie, ya la vio. Soplan vientos democráticos en todas las actividades humanas: los supermercados cantan "vos sabés", los franceses ya no quieren que un Bush bombardee Irak, los peronistas no se matan en una interna, las publicidades de galletitas de empresas multinacionales proponen que te acuerdes de las galletitas que te comías con tu abuelo. Así que era hora de transparentar el mecanismo de selección natural del músico roc, y para eso existe Popstars.

Siempre hubo un señor dedicado a escoger al roquerito que iba a escandalizar a mi mamá (1). Pero lo hacía de un modo ineficiente, eligiendo entre aquellos que eran depositados en su oficina por obra de la casualidad, la estupidez de una secretaria o la falta de escrúpulos morales. En cambio, una Bandana o un Mambrú surgen de una selección exhaustiva, pública, sustentada por consideraciones de orden técnico, realizada entre miles de aspirantes y plebiscitada entre los futuros consumidores del producto. O, como decía por radio ese señor pacifista, luego funcionario del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires: "para el pueblo lo que es del pueblo/porque el pueblo se lo ganó".


Notas

(1) Si no me escandaliza que mi hijo trabaje de columnista para una detestable banda de roc, no voy a escandalizarme porque un pelafustán cincuentón se pinte las uñas de negro. (Nota de la mamá de PLB (h) ).
El Dr. Bordenave (h) una vez ganada su fama y haciendo uso de la misma.
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